IMPROVISACIÓN O PREVENCIÓN

Oct 19, 2022 | Opinión en Mérida

La crónica menor

Cardenal Baltazar Porras Cardozo

El mandato bíblico asevera que el ser humano fue puesto sobre la faz de la tierra para dominarla. Claramente la inteligencia permite o facilita que la debilidad del rey de la creación puede más que la fuerza bruta o el dominio absurdo del otro mediante su destrucción o sumisión. El desarrollo tecnológico potencia mucho más las posibilidades de no ser marionetas de los acontecimientos sino, al contrario, sobreponerse a ellos mediante la racionalidad puesta en servicio de la vida del hombre.

Hay acontecimientos imprevisibles como los terremotos, pero la generalidad de los cambios climáticos son previsibles, lo que permite tomar medidas a tiempo que, al menos, preserve la vida de los seres humanos. Estos fenómenos que producen estragos en todas partes del mundo, tienen efectos disímiles según sean los lugares, porque existen países que al logrado en el tiempo, primero, generar leyes y disposiciones que deben respetadas a rajatabla por intereses mayores. Cuando esto no sucede los daños humanos son mayores, aunque los embates de la naturaleza arrasen a su paso los paisajes o la obra humana.

Las recientes lluvias que han azotado al territorio venezolano ponen en evidencia la incapacidad de los gobiernos de dictar y hacer cumplir normas de total cumplimiento por la sociedad para evitar males mayores. El cuidado de los suelos es materia de gobierno en función de su mejor aprovechamiento y en resguardo de la vida y bienes de sus habitantes. Por ejemplo, de las mejores tierras para el cultivo fueron los valles de Aragua. La urbanización a ultranza de aquellos parajes tiene sus consecuencias en la economía y en la habitabilidad de su entorno.

En todo paraje montañoso hay zonas naturales de riesgo, fáciles de detectar por un estudiante elemental de geografía. Porque los conos de deyección, es decir, los abanicos de tierra que se forman en sus laderas, son productos geológicos en desarrollo, máxime en nuestras montañas, la mayoría de formación cuaternaria, lo que quiere decir que están todavía en desarrollo no consolidado. En los valles de Aragua son numerosos, y mucho más en los Andes. Por eso, no es de extrañar las riadas que se han desbordado en Las Tejerías o en El Castaño.

Ante la ocupación indebida, construyendo viviendas en estos sitios de riesgo es muy fácil echarle la culpa a la gente. La necesidad y probablemente también el desconocimiento los ha hecho asentarse en estos lugares, porque aquí nunca ha pasado nada, sin hacer caso a quienes tienen memoria de que medio siglo antes pasó algo similar. A orillas de ríos y quebradas pasa algo parecido. Lamentablemente, ahora nos queda llorar por los muertos y desaparecidos, y por quienes han perdido casa y enseres.

En el deslave de Vargas en 1999, se desbordó en el valle de Caracas la quebrada de Catuche. Las pérdidas materiales fueron cuantiosas, pero no hubo ni un herido ni un muerto, porque con excelente preparación comunal aplicaron el protocolo de riesgo y a tiempo familias enteras salieron de sus hogares mientras pasaba la crecida.

Lo preventivo vale más y cuesta mucho menos, y eso lo pusieron en práctica los padres jesuitas que atienden, todavía hoy, las orillas del Catuche a la altura de La Pastora. Caritas tiene este programa que habría que poner en práctica en las muchas zonas de riesgo existentes en nuestra patria.

Valoremos más y mejor nuestras vidas y las de nuestros prójimos para que sintamos la alegría de salvar la existencia y aplicar otros programas para solucionar las pérdidas materiales. Hoy, oramos y nos acercamos fraternalmente a los damnificados, pero mejor sería, celebrar la vida y reponer con criterios racionales las pérdidas materiales.