julioparra

Tras el inicio de clases en escuelas y liceos debo expresar preocupación por el marcado ausentismo estudiantil, deserción inusual de docentes y desmotivación en todos los niveles, lo que me hace suponer otro año que culminará sin mayores avances y por el contrario tendrá muchos desaciertos.

 

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El 29 de septiembre de 1915 nacía en Sabana Grande, aldea de La Grita, el primogénito del matrimonio Salas Salas, a quien pusieron por nombre Miguel Antonio, encomendándolo a la protección del arcángel cuya fiesta se celebra ese día. Las primeras letras las aprendió en la escuela de la aldea junto a las oraciones y devociones familiares que los llevaban cada domingo a la misa en la parroquia de Los Ángeles en la ciudad cercana. A la par, la ayuda en las labores del campo forjó en él una personalidad a la que no le arredraba ningún sacrificio ni trabajo manual o intelectual. Se ganó el aprecio del Padre Sánchez, cura de la citada parroquia quien al ser trasladado a la Matriz de Ejido, en Mérida, se lo llevó consigo para que prosiguiera estudios secundarios.

 

 

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En el marco de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, una imponente procesión del episcopado mundial con el Papa Pablo VI, desde la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén hasta Santa María la Mayor, daban inicio a la cuarta y última etapa del Concilio Vaticano II. Los meses precedentes de aquel año 1965 habían estado marcados por el febril trabajo de las comisiones preparatorias de los documentos que faltaban por aprobar y que habían tenido un largo recorrido desde los esquemas iniciales hasta los muy renovados y en otro tono más positivo que esperaban por la aprobación definitiva.

 

 

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Los archivos eclesiásticos, y el de Mérida es uno de ellos, es una mina inagotable para el investigador acucioso que busca desentrañar la urdimbre tejida por el acontecer humano en el que se entrecruzan personas e instituciones, culturas diversas, mestizajes de diversa índole que nos regalan el fruto sabroso de la identidad de los pueblos.

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Por Ivette Leonardi*

Mi insomnio se llama Venezuela. Hoy por la mañana desperté, inquieta. En mi mano izquierda, un café y en la derecha el celular. En las redes sociales, una palabra recurrente: Libertad. Una vez más, sentí la impotencia de estar lejos y no poder hacer nada. Leí una de esas cosas que no quisiera un venezolano ver en un titular: 'Condenan a Leopoldo López a 13 años, nueve meses y siete días de prisión'. Mil preguntas llegaban de nuevo: ¿Dónde está la justicia? ¿Qué pasó con mi país? ¿Dónde están los valores y la moral? ¿Acaso luchar por una nación libre debe ser penado por la ley? Usted, señor Presidente, que se dice gobernar "la tierra de la paz", ¿podría contestarme?.

 

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Por: Lilia Gainza*

El derecho a la vida es inviolable, no hay fundamento jurídico establecido en ninguna Ley que viole este principio. Las normas penales venezolanas conocidas como el conjunto de preceptos que prohíben conductas antijurídicas y sancionan a través de penas en ningún momento establecen la muerte como un medio de castigo o sanción.

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