1

batazar porras

 

Hace cincuenta años, exactamente el 26 de marzo de 1967, el Papa Pablo VI nos regalaba uno de sus documentos cumbres, esta vez sobre la materia social. El Papa Montini fue siempre un hombre que buscó los consensos para que lo que saliera de sus manos tuviera el mayor de los avales, la aceptación mayoritaria de sus redactores como de los posibles lectores.

El Concilio Vaticano II fue ejemplo de esta praxis. Todos los documentos salidos del aula conciliar tuvieron numerosas redacciones, de allí su peso y densidad. La encíclica “el progreso de los pueblos” tuvo siete borradores previos porque el Pontífice deseaba redactar en materia social “un programa que nadie pueda rechazar hoy día, de equilibrio económico, de dignidad moral, de colaboración universal entre todas las naciones”.

“Son varias las peculiaridades que distinguen a esta encíclica de las clásicas. Pablo VI creó la comisión pontificia “iustitia et pax” para empujar de la teoría a la práctica las ideas del documento. Como Juan XXIII, el Papa se dirige a “a todos los hombres de buena voluntad”; pero pone en el correo cinco ejemplares con dedicatoria: para la ONU, para la UNESCO, para la FAO, para la comisión “iustitia et pax” y para la Cáritas internacional”.

Las reacciones fueron contradictorias. Para los diputados del Congreso brasileño la encíclica fue “uno de los más importantes mensajes de paz y de fraternidad que jamás se hayan dirigido al mundo”. Pero para uno de los organismos financieros neoyorquinos lo calificaron de “marxismo recocido”. Entre los marxistas hubo de todo, a favor y en contra, pero uno de ellos afirmó que “el catolicismo se está convirtiendo de opio en levadura”.

El valor del documento estriba en la acera desde la que plantea el problema del desarrollo de los pueblos: el de los más necesitados. Hay que responder positivamente a la llamada de los pueblos hambrientos. Los pueblos desean hoy, no sólo independencia política, también requieren independencia económica. Con lenguaje diáfano e interpelante, el Papa afirma que las potencias coloniales han practicado una política egoísta de graves consecuencias, reconociendo algunas de las aportaciones positivas que han dejado. Los conflictos sociales se universalizan y las disparidades también, sobre todo cuando el ejercicio del poder político queda en manos de minorías oligárquicas.

Despliega a continuación el documento el papel de la Iglesia en el desarrollo, la acción que debe emprenderse pues todo hombre tiene derecho a encontrar en la tierra cuanto necesita para su subsistencia y progreso. La parte medular de la encíclica está dedicada al desarrollo solidario de la humanidad, la asistencia a los pueblos débiles, la justicia social en las relaciones comerciales, y la caridad universal.

Concluye con un llamado a los cambios indispensables y las reformas profundas para una moral internacional más equitativa. El camino de paz pasa por el desarrollo. En América Latina Populorum Progressio sirvió de iluminación para la Conferencia de Medellín (1968) y marcó el camino para la opción preferencial por los pobres. A medio siglo de distancia, la actualidad de dicho documento es total. Buena falta nos hace a los venezolanos releerla en esta hora menguada.(Cardenal Baltazar Porras)