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monseñorporrasnegro

Las lecturas épicas y acomodaticias de los símbolos de la nacionalidad sumen a nuestra sociedad en un peligroso vacío, pues no tienen ninguna significación ni sirven de referencia a valores que nos hagan crecer como ciudadanos.

El 19 de abril y el 5 de julio, declaradas y con toda razón días de fiesta nacional, marcan el nacimiento de la nacionalidad. Ambas fueron dos fechas en la que brilló la racionalidad y la civilidad. En la primera, el soberano, representado en la multitud que se dio cita en la plaza mayor de la ciudad para asistir a los actos del jueves santo en la catedral, curiosos o desprevenidos, y el pequeño grupo de caraqueños que querían desconocer al capitán general, hicieron valer su parecer para dar al traste con la dominación colonial. Fue un acto de civiles en el que el razonamiento pudo más que cualquier acto de fuerza o violencia.

El 5 de julio, firma del acta de independencia, fue el resultado de largas discusiones plasmadas en un documento jurídico, elaborado por los diputados electos por los diversos cantones de las provincias. No hubo tiros ni intervención militar. Fue otro acto de civiles, de ciudadanos con responsabilidad. Pudieron equivocarse o actuar sin la experiencia política que requería un momento tan crucial del cual fueron protagonistas. Pero reinó la razón, la argumentación, respetando la disidencia de quienes no estaban de acuerdo.

La épica política le ha dado a lo largo del tiempo otra connotación. Desde Guzmán Blanco hasta nuestros días, las fechas patrias han servido para que los mandatarios de turno las manipulen, arrimando la brasa a su sardina, es decir, para provecho del grupo gobernante. Se desvirtúa su valor de triunfo de la ciudadanía, de los hombres y mujeres de a pie, que buscaron un futuro distinto sin necesidad de las armas.

Hermosa lección que queda en la penumbra. No tiene sentido conmemorarla con un desfile militar. Más bien debía celebrarse con otro tipo de actos, en los que apareciera la alegría colectiva, la fraternidad compartida, la exaltación de la vida en común, en la que los niños, la juventud y los adultos disfrutaran de una jornada que se asemejara más a las ferias y fiestas populares que a un acto de exaltación del poder de los gobernantes de turno.

Este año hemos vivido el anverso de la civilidad. La realización de dos actos paralelos, en los que se desconoce la legitimidad y el respeto de los poderes públicos que deben ir de la mano en función del bienestar colectivo, nos pone ante el desconocimiento flagrante de la voluntad popular. Con qué autoridad moral se le puede exigir a la ciudadanía que acate las leyes y las cumpla, si el primero que da el mal ejemplo es quien debe ser garante de la legalidad.

Cuando no existe sino el lenguaje de los hechos por encima del ordenamiento jurídico se rompe el soporte de toda sociedad: la ley como referente social. Es algo moralmente intolerable porque nos sitúa ante la barbarie de la ley de la selva. Debemos volver a cabildo para que la razón prive sobre la apetencia del poder.
36.- 5-7-16 (3104)