monseñorporrasnegro

La salud mental de la sociedad venezolana no es buena. Se vive en un permanente estrés producto de una prédica de violencia y odio que quiere hacernos ver que quien no piense como uno es enemigo a eliminar. Todos los males se achacan a “otros”, no se es responsable de casi nada.

Somos víctimas de unos “fantasmas” que no nos dejan vivir. Pero no nos damos cuenta que se cosecha lo que se siembra. Males existen en todas las latitudes y nunca pueden ser justificación de los nuestros. Cada pueblo y sus dirigentes más, son responsables de la calidad de vida de aquellos a quienes se quiere subyugar o manipular.

 

El lenguaje bélico produce crispación. Guerra económica, guerra imperial, soldados de la patria, amigos únicamente los que piensan según las directrices del poder; los “demás” reciben calificativos peyorativos que rayan en el desconocimiento de su condición de personas con los mismos derechos. Como muchachos peleones buscamos pleitos donde no nos llaman. Nos creemos cruzados de una causa que no tiene rostro. Salvadores del mundo pero no de aquellos de quienes se tiene la primera obligación. Nos solazamos insultando a los grandes para sentirnos más fuertes que ellos, con mayor dignidad y con mayores derechos…

Pero nos olvidamos de los problemas reales que son producto de nuestra propia conducta y no de supuestos apátridas. La escasez, las colas, la crispación, el elevado número de asesinatos y robos, la inseguridad, la falta de empleo digno, la débil salud pública, no provienen de malvados enemigos sino de nuestra propia incapacidad para crear equidad y verdadera justicia. Hablamos de la causa de los pobres y vemos la riqueza fácil que obtienen y dilapidan los profetas de una austeridad que es sólo exigencia para los demás, no para sí mismos.

Para colmos, ahora se exacerba el patrioterismo ante la amenaza de agresión de la potencia del norte. No puede agradar a nadie, que nos califiquen de amenaza para la región. Ni podemos estar de acuerdo con que nos invadan. Pero, acaso no se propicia la invasión y liderazgo de gentes de países que no son ciertamente dechados de virtudes ciudadanas sino ejemplos claros de discriminación política y social.

Se habla de paz y nos presentan un desfile militar para mostrar que no nos dejaremos pisar por nadie. Sería bueno recordar el precepto del evangelio que manda sopesar si estamos en condiciones de ganar, porque si no, lo mejor es conversar para evitar una aplastante derrota. No hagamos el ridículo de pelear contra el imperio, el que sea, y quedar después humillados exaltando a los muertos como héroes, condecorados postmortem sin asumir las lágrimas y el dolor de sus deudos. Veámonos en el espejo de la guerra de las Malvinas de 1982 y saquemos conclusiones.

Somos, debemos ser, discípulos y misioneros de la paz auténtica. Como dijo el Papa Francisco en ocasión del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial: “la guerra es una locura”. Mientras Dios lleva adelante su creación y nosotros los hombres estamos llamados a colaborar en su obra, la guerra destruye. Destruye incluso lo más hermoso que Dios ha creado: el ser humano. La guerra lo trastorna todo, incluso la relación entre hermanos. La guerra es una locura; su plan de desarrollo es la destrucción: ¡querer crecer mediante la destrucción!”.

“La codicia, la intolerancia, la ambición de poder… son motivos que llevan adelante la decisión bélica, y estos motivos a menudo encuentran justificación en una ideología; pero antes está la pasión, el impulso distorsionado. La ideología es una justificación, y cuando no hay una ideología, está la respuesta de Caín: «¿Y a mí qué?», «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (cf. Gen 4, 9)…“Hoy también hay muchas víctimas… ¿Cómo es posible? Es posible porque hoy también, detrás de los bastidores, hay intereses, planes geopolíticos, codicia de dinero y de poder; ¡y está la industria armamentista, que al parecer es muy importante!”. Seamos sensatos y construyamos la paz.

16.- 16-3-15 (4023)