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La carestía y escasez que vivimos en Venezuela obliga a la población a plantearse varios dilemas. Por supuesto que no podemos renunciar, mejor tenemos pleno derecho, a lo elemental para la sobrevivencia y una vida digna para sí y los suyos. Pero también, desde una mirada más profunda, es una ocasión para preguntarnos qué es lo estrictamente necesario o cuales son las necesidades superfluas que nos hemos acostumbrado a buscar con denuedo. En la sociedad de la hiperproducción y del hiperconsumismo se trastoca la conciencia de que es lo realmente necesario.

Nuestra conciencia y nuestros hábitos de “necesitar” cambian con el tiempo. El desarrollo no puede ser infinito y la satisfacción de lo que provoca tampoco. De “homo sapiens” nos hemos convertido en “homo miserabilis”, como una mutación del “homo oeconomicus” el protagonista de la escasez. El enfoque subjetivo de la necesidad nos puede llevar por una espiral sin límites. El comer o el dormir pueden ser satisfechos de muchas formas distintas. San Ignacio de Loyola lo intuyó hace siglos cuando señala que hay que aprender a distinguir entre deseos y necesidades. Los deseos no son malos en sí mismos, el problema es el desorden del deseo, los afectos desordenados. La economía, la política y la cultura del hiperconsumismo, han contribuido a la creación de una serie de “necesidades” que nos convierten en seres frustrados por mercancías que no pueden satisfacer nuestros deseos de libertad, amor y autonomía.

El “homo miserabilis” es un hombre desordenado, un ser infeliz, ávido de cosas que una vez poseídas lo dejan frustrado e insatisfecho. Ahora entiendo mucho mejor un ejercicio que nos fue impuesto en los años de formación por uno de los directores espirituales. Se aprende a ser libre si no nos dejamos llevar por el ansia de poseer lo que vemos y en la mayoría de los casos no necesitamos o no nos sirven para nada. En los días previos a la navidad se nos mandaba a visitar los almacenes repletos de objetos atractivos. Había que ir sin nada de dinero, entonces no existían las tarjetas de crédito, para disfrutar viendo cosas bellas o llamativas sin el menor “deseo” o posibilidad de comprarlas. Tal ejercicio da una sensación de libertad interior increíble. Máxime cuando uno ve a gente que entra en el establecimiento, contempla, y como le gusta o le atrae, lo primero que pregunta es cuánto cuesta, sin importarle si lo necesita o le es útil.

Somos más pobres de lo que creemos, aunque estemos rodeados de cosas. La magnitud del consumo actual muestra según los entendidos que necesitamos contar con más de un planeta Tierra para poder mantener los estándares de bienestar del primer mundo. Esta sociedad del crecimiento no solo rebasa los límites, sino que engendra una enorme desigualdad. América Latina no es el continente más pobre pero sí el más desigual, por la brecha entre los que tienen y los que no poseen nada o casi nada.

Tiene razón el Papa Francisco cuando en Laudato Si, nos dice que: “mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita de objetos para comprar, poseer y consumir. En este contexto, no parece posible que la realidad le marque límites. Tampoco existe en ese horizonte un verdadero bien común. Si tal tipo de sujeto es el que tiende a predominar en una sociedad, las normas sólo serán respetadas en la medida en que no contradigan las propias necesidades (n. 204, 156).

7-5-19 (3456)

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