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Hace cuarenta años el Papa Juan Pablo II hacía su primer viaje apostólico a México para inaugurar la tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla de Los Ángeles. Participaron cerca de doscientos obispos y peritos del continente para evaluar y proyectar el trabajo de las distintas instancias de la Iglesia. De allí surgió un extenso documento, quizá, el más completo y articulado, del pensamiento pastoral de nuestro episcopado. Fue una reunión no exenta de tensiones y tendencias pero generó como en cascada numerosos eventos locales para conocer, evaluar y poner en práctica lo allí señalado.

Se dijo entonces, “sobre nuestro continente, signado por la esperanza cristiana y sobrecargado de problemas, Dios derramó una inmensa luz que resplandece en el rostro rejuvenecido de su Iglesia… para volver a considerar temas anteriormente debatidos y asumir nuevos compromisos, bajo la inspiración del Evangelio de Jesucristo”.

Lo primero, se preguntaron los obispos, “qué tenemos para ofrecerles en medio de las graves y complejas cuestiones de nuestra época”, y respondieron, “una vez más deseamos declarar que, al tratar los problemas sociales, económicos y políticos, no lo hacemos como maestros en esta materia, sino en perspectiva pastoral en calidad de intérpretes de nuestros pueblos, confidentes de sus anhelos, especialmente de los más humildes, la gran mayoría de la sociedad latinoamericana”.

“El hombre que lucha, sufre y, a veces, desespera, no se desanima jamás y quiere, sobre todo, vivir el sentido pleno de su filiación divina. Por eso, es importante que sus derechos sean reconocidos; que su vida no sea una especie de abominación: que la naturaleza, obra de Dios, no sea devastada contra sus legítimas aspiraciones”. “El hombre exige, por los argumentos más evidentes, la supresión de las violencias físicas y morales, los abusos de poder, las manipulaciones del dinero, del abuso del sexo; exige, en una palabra, el cumplimiento de los preceptos del Señor, porque todo aquello que afecta la dignidad del hombre, hiere, de algún modo al mismo Dios”.

A cuatro décadas de distancia aquel mensaje resuena con mayor insistencia en la lacerante realidad de nuestros pueblos y de nuestra patria. Vivimos una situación dramática insostenible que clama al cielo y no nos puede encontrar de brazos cruzados, pues no solo es moralmente inaceptable sino más aún, intolerable. Abrir cauces al entendimiento y al respeto de los derechos fundamentales de todo es exigencia de nuestra condición de ciudadanos y de creyentes. Releer el documento de Puebla es muy conveniente para ver con mente clara y serena el turbio presente.

6.- 30-1-19 (2718)

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