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Al anochecer del 30 de diciembre 2018 falleció en el Centro Médico de Caracas el Padre Armando Janssens, insigne sacerdote belga, perteneciente a aquella pléyade de sacerdotes de su tierra de origen que se sembraron entre nosotros dando lo mejor de sí en diversas partes de Venezuela. Casi todo su sacerdocio lo ejerció en y desde Caracas. Había nacido en Amberes el 6 de noviembre de 1933. A los 31 años fue ordenado sacerdote en Gante, en 1964, y a los pocos meses vino a nuestra patria. Comenzó a trabajar en Lídice donde estaban otros sacerdotes belgas echando adelante el populoso barrio del centro oeste de Caracas con el emblemático nombre de Liditz, localidad checa masacrada por la tiranía nazi durante la segunda guerra mundial en 1942.

Desde 1970 hasta su muerte estuvo al frente de la Vicaría Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, perteneciente a la parroquia Nuestra Señora de la Asunción, en el barrio Andrés Eloy Blanco del 23 de enero. La cercanía y vida en medio de las clases populares caraqueñas lo llevó a fundar en 1974 el Centro al Servicio de la Acción Popular CESAP, convencido de que la educación y promoción a los sectores marginales de nuestra sociedad es el secreto para su promoción integral. Durante más de cuarenta años esta organización que tiene su sede principal en San José del Ávila ha realizado una labor encomiable digna de los mejores elogios.

El Padre Armando fue cofundador y presidente de Sinergia, red de Organizaciones de la Sociedad Civil, y de Bangente, Banco de la gente emprendedora. En 2016 dada la creciente crisis alimenticia de la población creo el programa Acompañando en la Esperanza, en alianza con la Arquidiócesis de Caracas y las Vicarías de la zona metropolitana para atender la recuperación nutricional de más de tres mil niños.

Gocé del cariño y colaboración del Padre Janssens durante mis años al frente de la Conferencia Episcopal, pues formó parte de los asesores de la misma. Con gran sencillez y profunda sabiduría, sus consejos y opiniones fueron muy acertados. Siempre sonriente, se enamoró de nuestra tierra y en ella se sembró, manifestando que sus cenizas reposen en Pozo de Rosas, en los Teques, la casa donde se formaron generaciones de jóvenes emprendedores. En una entrevista hace diez años manifestó: “Cuando llegué a Venezuela, la democracia estaba en su mejor momento. Yo vi crecer el país. Vi al sector popular crecer con escuelas, hospitales, universidades, carreteras. Vi el mejoramiento y el progreso”.

Gracias a esos misioneros del siglo XX que vinieron a Venezuela a darse por completo y dejar honda huella de su raigambre cristiana, sacerdotal y social, nuestra iglesia es faro de luz en medio de las vicisitudes que atravesamos. Paz a los restos del P. Armando cerca del Niño Dios y los Pastores de Belén.

1.- 2-1-19 (2853)

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