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Hacer memoria agradecida por la vida fecunda, de entrega generosa y alegre de tres hermanas religiosas que hicieron vida en la Arquidiócesis de Mérida, es deber de gratitud y acción de gracias. No debemos dejar pasar por alto estos acontecimientos, pues llenos de tantas noticias negativas, la muerte de estas tres monjas dejan el buen sabor de quienes han dejado una estela de virtud y servicio al prójimo, desde la fe que las animó a lo largo de su existencia.

La primera, Eugenia Dávila Valencia, Sor Filomena, dominica de Santa Rosa de Lima. Su recuerdo está ligado a la Casita de la Virgen, en El Valle de Mérida, obra pionera en sus desvelos por dotar a la congregación de una estructura para la oración y convivencia de jóvenes y adultos, de sacerdotes y religiosas, de los movimientos de apostolado, principalmente a los encuentros conyugales, a los que dedicó casi toda su vida de mujer consagrada. Jovial, alegre, emprendedora, orante, se compenetró con el carisma dominico y con la dedicación a las gentes de las diversas comunidades de El Valle que le quieren rendir sentido reconocimiento. Nacida en Sonsón, Río Negro en territorio colombiano, hija de una familia cristiana, se compenetró con esta tierra merideña de tal manera que la amó con especial cariño. Religiosa desde 1952, después de su preparación inicial y primeros pasos, se sembró en El Valle desde 1964 hasta su muerte acaecida el 9 de abril de 2018 en Medellín, a donde fue a buscar atención médica inexistente en nuestro medio por razones harto conocidas. Quiso que sus restos reposaran en su querencia del Valle a donde serán trasladadas sus cenizas. La Casita de la Virgen debería llevar ahora el nombre de Sor Filomena, para perpetua memoria. Recuerdo con gratitud sus muchas atenciones y su gracejo siempre sonriente. Gracias, Sor Filomena por su vida y testimonio ejemplar.

La segunda, la Hna. Isabel María Linares Cano, de la Presentación de Granada. El 17 de abril de 2018 falleció en Mérida donde vivió sus últimos meses rodeado del cuidado de sus hermanas. Era la última de las religiosas de su congregación que vinieron a fundar en Venezuela en el lejano 1952, en Barinas, perteneciente entonces a la arquidiócesis de Mérida. Había nacido en Linares, Jaén, España el 29 de junio de 1924. Su padre fue fusilado durante la guerra civil española por no renegar de su fe. A los veinte años ingresó en el noviciado (1944) y ocho años más tarde se trasladó a nuestra patria donde se sembró para siempre. Por los años sesenta en largos diálogos con el Padre José María Velaz sj se enamora del Proyecto de educación Popular de Fe y Alegría y desde el comienzo es una de sus impulsoras. Es fundadora de diez colegios en Venezuela y ocho de ellos de Fe y Alegría. Fue mujer activa, incansable y optimista. Muy humana, con una fina sensibilidad para la música, el cine y el teatro. Profesora de piano y una excelente educadora y gerente. Pero sobre todo de profunda oración y vida interior. A los 93 años se fue a tocar su más hermosa pieza de piano al cielo junto a su Camino Verdad y Vida: Jesucristo. Sabemos que está en la presencia del Señor a quien consagro su vida y sus mejores proyectos.

La tercera, Sor María Lucila Belandria Carrero, falleció el día 17 de abril de 2018, falleció en Mérida, dominica de Santa Rosa de Lima. Natural de la Aldea La Macana, Santa Cruz de Mora, ingresa al Postulantado el día 04 de mayo de 1961 y pasa al Noviciado el 30 de abril de 1962. Hace su Primera Profesión el 30 de agosto de 1964, devota de la eucaristía y de la Santísima Virgen. Dedicó su vida la educación como maestra, subdirectora y directora, Superiora, Maestra de Postulantes y Promotora Vocacional. Muy comprometida en la catequesis, asesoría familiar y especialmente con los talleres de oración y vida. Se encontraba en la población de Mucuchíes, en el Colegio Cardenal Quintero sirviendo con amor por una educación evangelizadora cuando la sorprendió el llamado del Señor su Pascua definitiva.

Buenas noticias, que sobresalen por encima de tanta corrupción y abuso de poder, estas tres mujeres fueron y son ejemplo a seguir,, pues el servicio al prójimo de forma desinteresada es muestra de lo que trasciende, el amor de Dios hecho servicio samaritano. Descansen en paz.(Cardenal Baltazar Porras Cardozo)

21.- 29-4-18 (4325)

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