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El país ha vivido con indiferencia la fase de clasificación hasta que el asunto se ha convertido en una emergencia nacional que ya no tenía remedio


El obituario empezó a escribirse el lunes por la mañana. Giampiero Ventura, un genovés de 69 años y ni una sola gesta en los banquillos como la que le pedían, sospechaba que ni siquiera una victoria iba a llevarle al Mundial. La tifoseria, instalada en un bucle de indiferencia en los últimos tiempos, amaneció predispuesta a la tragedia. De modo que los jugadores, desquiciados por el dramatismo histórico del partido, solo pudieron admitir que el encuentro, más que en la hierba, se jugaba desde hacía días en el diván. Italia, unificada hace poco más de 150 años, apenas logra disimular sus costuras sociales y culturales ante dos grandes fenómenos de comunión colectiva: un Mundial o una catástrofe natural. Anoche, en Milán, su selección invocó ambos sucesos en un mismo escenario y abrió una herida que tardará mucho tiempo en cicatrizar.
El apocalipsis, el desastre, fracaso histórico. Los titulares llevaban redactados toda la segunda parte. Quién sabe si todo el partido. Pero las lágrimas del capitán, Gianluigi Buffon, abatido a las puertas de su sexta y última Copa del Mundo, sugirieron luego algo mucho peor. “Es una cuestión social”, apuntó intentando mantener la voz. En mucho tiempo, nadie se paró a pensar en Italia si a un Mundial se va o no. Cada cuatro años, simplemente, se jugaban. El país se permite en ese periodo un desahogo patrio, exaltar las esencias nacionales; la Tricolor sale del armario, se revisan partidos gloriosos, vuelve el penalti fallado de Roberto Baggio... Hasta entonces, se vive con cierta tibieza la clasificación, los amistosos… Ayer lo recordaron todos. La Nazionale no ha jugado un partido en el Olímpico de Roma desde hace siglos y en los bares la gente ha ignorado la torpe fase de clasificación hasta que el abismo terminó convirtiendo cada minuto de juego en una emergencia nacional.

Italia entró en depresión después de la derrota contra España en el Santiago Bernabéu (3-0). Los periódicos y las tertulias radiofónicas inauguraron su profecía autocumplida: esta vez no habría Mundial. El lunes por la mañana, se olía el miedo en la barra de todos los bares, en los puestos de los mercados y en las tertulias espontáneas. Imposible que los jugadores no llegasen anoche al Giuseppe Meazza aterrados con la idea de pasar a la historia de los grandes desastres nacionales. Tenía que ser el sexto de Buffon, el cuarto de De Rossi, el tercero de Bonucci, Barzagli y Chiellini… Pero Italia, cuatro veces campeona del mundo, fue incapaz de marcarle un gol a Suecia en 180 minutos.

La selección no quedaba fuera de un Mundial desde 1958. Una tarde en la que saltó al terreno de juego de Belfast contra Irlanda del Norte un grupo de jugadores que, como mucho, tenían un primo con apellido italiano. Tras aquel desastre el control de la Federación de Fútbol Italiana (FIGC) quedó en manos de una gestora y algunos pensaron que lo mejor era echarle la culpa a los de fuera. Ayer, en una Italia que bloquea en el Parlamento la ley que debe conceder la nacionalidad a los hijos de los inmigrantes, solo un oportunista como el xenófobo Matteo Salvini (Liga Norte) pudo recurrir al mismo argumento. Otra cuestión social, como pronosticó Buffon.

La mitad del país temió las consecuencias de la derrota y lloró con el portero. La otra, como acostumbra, disparó contra la ambulancia y los heridos. Ventura, un espeso técnico curtido en equipos como el Pisa, el Bari o el Torino, ha sido la nítida imagen del creciente desinterés de los italianos —y especialmente de la federación que dirige Carlo Tavecchio— por su selección. Es verdad que al técnico le pusieron la cabeza como un bombo entre todos. Cambió el sistema tres veces, le cuestionaron sus jugadores y le dejaron solo. Porque, al final, el fútbol de clubes, el que paga esta fiesta -lo admitió también Buffon antes del partido- lo ha impregnado todo. Si Italia perdía, ironizaba el periodista de La Repubblica Gianni Mura, no sucedería nada porque el sábado juega la Roma contra la Lazio. Esta vez, aunque las catástrofes tenga un poder catártico en Italia, pasarán otras seis décadas antes de olvidarlo.//elpais