venganza

 

Uno de los últimos fenómenos virales de YouTube es un vídeo revanchista subido por Kyle Boggess, un joven de California que dio una sorpresa a su novia por el pasado día de los enamorados. En la grabación se ve a la chica sentada en un sofá y con los ojos vendados, mientras su pareja le dice que le espera un regalo y le entrega una carpeta de plástico con un folio en su interior.

Cuando la muchacha se quita la venda, sus ojos se encuentran con una impresión de los mensajes que ella había intercambiado en una web de citas con otro hombre, que resultó ser el propio Boggess. Este sospechaba la infidelidad de su novia y se había creado un perfil falso con el que la buscó en esa web hasta encontrarla y cerrar un encuentro con ella. El vídeo concluye con Boggess diciéndole a la chica: “Vas a ser famosa”. Al día siguiente, el amante despechado colgó la escena en YouTube. Resultado: 100.000 visionados en quince días, una prueba del gusto de muchos por estos desquites.

La atención que despiertan estos ajustes de cuentas más o menos sentimentales es de tal calibre que en el Reino Unido, Estados Unidos y otros países se han promulgado leyes para frenar la llamada porn revenge (venganza porno), los vídeos sexuales grabados en la intimidad y difundidos cada vez en mayor número por exparejas despechadas.

Esta es solo una faceta más de los escarmientos espectaculares –y cuanto más públicos mejor– que nos encantan. Muchos partidos de fútbol se calientan en los medios antes de jugarse con llamadas a la vendetta por derrotas anteriores. La venganza que explica algunos de los chivatazos que destapan casos de corrupción política llena los informativos, y la figura del tópico justiciero es omnipresente en nuestra cultura: de la literaria y decimonónica El conde de Montecristo hasta las películas modernas (Kill Bill, V de Vendetta, El renacido…), las revanchas exitosas han inundado de adrenalina a millones de lectores y espectadores. Incluso hay reality shows, como La venganza de los ex, dedicados al espectáculo del desquite.

Necesitamos ese tipo de personajes: como ha demostrado el antropólogo Robert Boyd, de la Universidad de California en Los Ángeles, los grupos que cuentan con vengadores de las injusticias muestran mayor capacidad de adaptación y, por tanto, de supervivencia. En un célebre artículo sobre la evolución cultural del castigo social, Boyd recopiló investigaciones suyas y de otros autores que sugerían que la existencia de un grupo formado solo por altruistas ilusos sería imposible.

Castigos ejemplares
En efecto, cuando en los experimentos psicológicos se introducen en un colectivo personas aprovechadas, algo que ocurre inevitablemente en la vida real, el papel de los que disfrutan con las venganzas resulta esencial para frenar y neutralizar a los egoístas. Por eso, a pesar de lo que evoluciona nuestra sociedad, seguimos deleitándonos con historias de resarcimientos ejemplares similares a los popularizados desde hace milenios en diversas civilizaciones.

En su libro Monster Show. Una historia cultural del horror, el historiador del cine David J. Skal nos recuerda, por ejemplo, el sorprendente paralelismo que existe entre las historias que desarrollaba la cultura popular de la Edad Media y la imaginería del terror más truculento de hoy. En los dos tipos de narrativa se nos hace contemplar la represalia sobrenatural de las víctimas de la injusticia. Los cadáveres vuelven a la vida para llevarse por delante a los culpables de su muerte, y el consumidor de la historia recibe su catarsis y libera el rencor que ha ido acumulando contra los aprovechados y los poderosos que oprimen al débil. La idea es siempre la misma: satisfacer la necesidad de venganza. El mundo es injusto desde la noche de los tiempos, y el resentimiento continúa acumulándose. (MI)